sábado, 25 de marzo de 2017


Era sólo cuestión de tiempo que la manera moderna de hacer la guerra, global y teledirigida, fuese llegando a la gran pantalla. Si en 2014 era Ethan Hawke quien se ponía en la piel de un piloto de drones en Good Kill, en esta ocasión son Helen Mirren, Alan Rickman y Aaron Paul los que se enfrentan al dilema de la muerte por control remoto. 

Espías desde el cielo nos sitúa en medio de una aparentemente rutinaria operación de vigilancia sobre Nairobi. Varios supuestos terroristas se reúnen en una casa de las afueras sin sospechar que están a punto de ser detenidos, en un esfuerzo conjunto entre Kenia, Gran Bretaña y Estados Unidos. Un dron Reaper, como ojo en las alturas, sigue todos sus movimientos. Sin embargo el plan cambiará radicalmente cuando el grupo de sospechosos se divida y la captura se haga inviable. Será entonces cuando la coronel al mando, interpretada por Mirren, decida que la misión pasa a ser de ataque. La aparición de una niña en la zona hará aún más difícil la decisión de disparar los misiles del dron sobre el objetivo.

Esta película, más tensa a ratos que muchas de Jason Bourne, es interesante por las dos lecturas que se pueden hacer de ella. A un nivel más superficial, Espías desde el cielo nos habla acerca de lo que estamos dispuestos a sacrificar para lograr la supuesta paz. Es un dilema viejo y ya nos lo planteaba Dostoyevski en Los hermanos Karamázov: ¿qué es la vida de un inocente comparada con el bien mayor? La niña es el recurso fácil en este caso, ya que el espectador no tiene dudas: ella no sabe qué ocurre, no toma parte y no se merece nada de lo que pueda ocurrirle. Atacar el complejo donde se esconden los terroristas supone condenarla casi con toda seguridad, pero no hacerlo podría significar firmar la sentencia de muerte de decenas de personas en un futuro atentado.

Observar las maniobras que se llevan a cabo en esos minutos de incertidumbre, con la responsabilidad traspasándose y diluyéndose entre los diferentes escalafones militares y políticos, resulta escalofriante. La presunción de inocencia o el mero respeto por la vida humana quedan en un segundo plano ante lo que pueda decir la opinión pública. Las preguntas clave a responder son, como era previsible, a quién salpicará el escándalo y cómo repercutirá en las siguientes elecciones. Rara vez alguien se plantea si lo que van a hacer está bien o mal.

La segunda lectura de Espías desde el cielo es más profunda y tiene que ver con lo que asumimos hoy en día como normal, en esta "guerra contra el terror" que va camino de durar décadas. El eje central de la película, que un avión no tripulado sobrevuele otro país, listo para emplear su armamento contra cualquier blanco que se designe, debería resultarnos aberrante, pero no es así. Aceptamos sin pestañear que un misil pueda impactar sin previo aviso en un barrio cualquiera, asesinando a personas que no han tenido oportunidad de juicio, tan solo porque alguien en algún lugar les ha etiquetado como terroristas.

Hagamos el ejercicio de ponernos en el caso contrario e imaginar que fuese nuestra ciudad la que se encontrase a merced de los drones de una potencia extranjera. Que fuesen nuestros vecinos, nuestros familiares o nosotros mismos, quienes tuviésemos la espada de Damocles sobre nuestras cabezas. Ya no parece un trato tan justo. Y es más fácil entender por qué la guerra se vuelve interminable. Cada misil que cae sobre otro inocente se suma a la montaña de miedo, impotencia y en última instancia, odio. No aleja a nadie del terror, sino que nos acerca a todos aún más a él.


1 comentarios:

  1. Una película penosa. Poco creible en muchos momentos, creo que tiene tanto interés en que veamos lo que nos quiere mostrar que plantea situaciones que terminan tornándose cómicas. La supuesto dilema que se nos ha de plantear queda empañado por un bufido de aburrimiento. Muchas veces menos es más y no puedo evitar acordarme del episiodio de Homeland, La reina drone, donde creo que se consigue de forma más efectiva lo que se intenta en esta película.

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